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Qué quieres que te diga… Ea…

Aquí hay, formalmente hablando, atendiendo únicamente a la estructura semántica de la primera frase, una clara sumisión: qué deseas oír de mí. Pero en realidad, si se usa como introducción a una respuesta solicitada (pues suele emplearse así), tiene la función de avisar de que uno no va decir precisamente lo que el otro quiere oír. Pero por el mecanismo del desinterés. Si el que responde intuye que el que pregunta ansía una respuesta determinada, esta frase es la más adecuada para zafarse de la presión de sus expectativas, que a la postre siempre acaban siendo invasivas.

Qué quieres que te diga… A mí no me gusta el cine.

Por el contrario, si se utiliza como respuesta acabada en sí misma, terminando la alocución en los imaginarios puntos suspensivos, es igualmente un síntoma de desinterés por el asunto sometido a cuestión, pero sin expresar tampoco un rechazo directo. Respuesta que a veces no está exenta de rancia sabiduría, pues de sabios es no hacerse eco de todas las estupideces que le plantean a uno sin, por ello, pretender molestar al otro o provocar la menor polémica. En este sentido es equivalente al antiquísimo e inasible ‘ea’, que es toda una obra maestra, en dos vocales, de la asunción tácita de las cosas sin caer en la tentación de juzgarlas. Sobre esta expresión se podría escribir todo un libro, pues esos meros dos sonidos resumen en sí, de forma popular y permanentemente accesible a todos, la anaideia, o sea, la irreverente actitud filosófica del más puro y valioso Diógenes y de toda la escuela cínica, que personalmente valoro en mucho (cuando, ya digo, no es la simple expresión de un vacuo desinterés por todo, lo que equivaldría a un claro y derrotista estoicismo.)

–¿Te ha gustado la película?
–Ea.

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