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Digo yo

Esta muletilla es ambivalente, pues, por una parte estamos pidiendo humildemente permiso para afirmar algo, pero también, si se formula con otro tono de voz y sobre todo con otra sintaxis (es decir, plantándolo descaradamente al principio de la intervención, en forma de 'digo yo que'…), resulta claramente aseverativo, en la línea que propugna como saludable Castilla del Pino. Aquí no hay invocación a la complicidad del “nosotros” que valga, sino que, al contrario, se pone en evidencia la hipotética o previsible soledad del hablante en su propuesta, que, o bien es asumida con valentía y arrojo, o sea, recalcando la independencia desde la que se habla, como por ejemplo en:

Digo yo que podríamos irnos al cine, ¿no?

…o bien es asumida con fragilidad, con miedo. El “yo” de esta apostilla, es entonces y a todas luces un yo con minúscula, humilde y retraído, que casi se excusa por haber tenido la osadía de decir algo. Tanto es así que con ese particular uso (diciéndolo precipitadamente al final de la intervención, como dubitativo remate de la frase) suele ir seguido de un '¿eh?' que bien podría describirse como la expresión oral de un pusilánime encogimiento de hombros.

Podríamos ir al cine. Bueno, digo yo, ¿eh?

Es curioso, por cierto, el efecto tan marcado que ejercen algunos términos de acompañamiento ―que a su vez son también muletillas (como esos peces que van siempre acompañando a los tiburones)― sobre una misma apoyatura verbal. Si aparece un 'vamos' delante del 'digo yo', estamos ante una fórmula protagonística, que podría llegar a convertirse en casi autoritaria. Si aparece, por el contrario, un 'bueno' delante, el tono se invierte de un modo casi mágico.

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