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Digamos

Esta muletilla tan habitual, tan extendida, se usa para señalar que lo que digamos no hay que tomárselo al pie de la letra o con demasiada exigencia de precisión, sino como una aproximación, al poco más o menos. Es un modo de avisar de que el término que se va a decir no es exactamente el que uno buscaba y ha sido un poco elegido a bulto, lo que nos permitirá continuar hablando y desarrollar el hilo argumental que habíamos iniciado sin tener que detenernos a buscar un término más exacto. El DRAE lo equipara a 'por decirlo así', y dice que se usa: para presentar la palabra o palabras que se dan como expresión aproximada de lo que se pretende significar.

La actriz está un poco, digamos, desangelada en esta película.

Pero a nosotros nos interesa también descubrir cuál es la expresividad subyacente, el matiz semántico que aporta una u otra forma de decir las cosas. Los componentes connotativos que se añaden de forma paralela y no consciente a la mera expresión denotativa. Y, paradójicamente, la forma culta que adopta esa mera excusa descrita anteriormente, pretende investir al hablante de una autoridad especial, mítica. Es como si al emplearla quisiésemos dar a entender a nuestro interlocutor que estamos en concilio, o al menos en conciliábulo permanente con nosotros mismos, y por lo tanto autorizados a emitir respuestas auténticamente colegiadas, asumidas en su conjunto por nuestra más íntima, propia, secreta e individual unanimidad. Así es como habla el Papa, ni más ni menos: en plural mayestático.
Porque, desde luego, este plural no tiene ninguna relación con un nosotros real, conformado por individuos de carne y hueso en nombre de los cuales se hablaría, como si se fuese el portavoz de un cenáculo, un equipo o un grupo de presión. Es un 'nosotros' muy, pero que muy imaginario (o virtual, que se dice ahora) y también, por lo tanto, muy pero que muy pretencioso. Al escuchar esta muletilla uno tiene la sensación de que cada una de las afirmaciones del que habla tiene tras de sí el respaldo de un arduo y elaborado acuerdo previo entre todos los irreductibles yoes que componen su personalidad. Casi nada.
Por si fuera poco, la muletilla de marras está conjugada en tiempo subjuntivo, lo que hace que la propuesta tenga un tono claramente condescendiente. El hablante parece querer dejar impreso en nuestro ánimo que va a tener la consideración o la amabilidad ―cuando no la indulgencia― de afirmar algo. Vamos, que se va a dar permiso para hacer alguna importante y arriesgada declaración.
Y todo eso cuando, en muchas ocasiones, lo único que se le ha pedido es una simple opinión particular.

Digamos que me gustó la película que vi el sábado.

También se da mucho esta muletilla en los oradores, en las personas acostumbradas a hablar en público. Supongo que es asumible por los asistentes sin ningún tipo de escándalo porque existe un curioso síndrome que afecta a todos los oyentes de ese tipo de monólogos formalizados que llamamos clases, conferencias o discursos, según el cual el que habla a un grupo de personas (y especialmente si está sentado) representa siempre a un supuesto colectivo (de estudiosos, de colaboradores, de políticos…) Ésa es la secreta autoridad de la que suele investirse. En fin, yo creo que es que nos gusta que sea así a todos, a oradores y a oyentes. Como si el conferenciante hablase siempre en nombre de algún tipo de curiosa e hipotética hermandad que le ampara científicamente, moralmente, profesionalmente.

La película que vamos a ver es, digámoslo, una obra maestra.

Lo que ocurre es que tampoco nos repugna demasiado adoptar un tono senatorial ―momentáneamente: si no, resultaría insufrible― o aceptar que nuestro contertulio lo adopte alguna que otra vez ―cuando necesite sentirse importante, por alguna súbita urgencia egoica―.

Digamos que no estoy de acuerdo con que la película era buena.

El máximo efectismo se produce cuando el orador ―pues se trata indudablemente de un recurso retórico― le añade a la muletilla la simple partícula adverbial 'ya' (que aquí no diríamos que es de tiempo sino de impaciencia) para dar a entender de un modo más o menos furtivo o más o menos dramático que, en razón de la súbita confianza que, como un flechazo, ha surgido repentinamente entre él y el auditorio, no va a esperar más para largar la preciosa información (o genial ocurrencia) cuya entrega tenía previsto demorar en el tiempo, o incluso, si no percibía los suficientes méritos en el público receptor, omitir para siempre. Dicha información, u ocurrencia, puede que sea la cosa más banal del mundo, claro.

Esta película, cuyo director es, digámoslo ya, un aristócrata del cine…

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